|

El profundo erotismo del tantra
El Tantra nos enseña a los hombres,
que quien toda mujer encarna a Shakti, tendrá hacia ella una actitud
muy diferente a la del hombre-varón común.
Para él, ella no es un objeto
sexual que hay que cortejar para obtener sus favores, ni una presa
de caza.
El tántrico no es alguien que
se la pasa ligando ni un Don Juan. Sola con él, la mujer no tiene
nada que temer: estará segura, será libre de comportarse como
quiera. Respetada, en ningún momento será molestada.
En el plano sexual el hombre
y la mujer se separan desde el punto de vista del orgasmo, lo
que significa un extraordinario viraje evolutivo.
Durante
el orgasmo, el hombre siente como mucho tres o cuatro contracciones
mayores, seguidas de algunas otras, menos intensas, todas localizadas
en la región genital. Inmediatamente después se desinteresa del
sexo. La sangre abandona el pene, que queda blando, y todo se
ha de recomenzar pasado cierto tiempo.
Para la mujer el proceso es totalmente
distinto. Normalmente, ella siente de cinco a ocho contracciones
principales, luego de nueve a quince secundarias que irradian
por toda la pelvis. Lejos de haber terminado, para ella el sexo
apenas comienza.
Al contrario del hombre, no hay
desentumecimiento de los órganos genitales; si sabe cómo hacerlo,
casi inmediatamente puede vivir un nuevo apogeo de placer, luego
otro y todavía otro si quiere. En realidad, cuantos más orgasmos
tiene una mujer, más puede tener, más se intensifican... Toda
mujer es físicamente capaz de experimentar orgasmos múltiples.
Simple cuestión de práctica.
¿Una obsesión humana?
Que el sexo obsesione a nuestra
especie no es, pues, ni depravación ni lujuria, sino la marca
del destino humano. Nuestra especie está destinada al erotismo,
juego sutil donde el sexo, disociado y liberado de la pulsión
procreadora animal, abre a la pareja humana el acceso espiritual
total a través de dos seres en el éxtasis amoroso.
En el animal, la hembra se apodera
del esperma para ser fecundada, nada más. Más allá del goce inmediato
no busca ninguna fusión en otro plano, como, por ejemplo, el de
la meditación entre dos que, en el ser humano, abre la vía a lo
cósmico o universal.
El problema de la disfunción
sexual entre hombres y mujeres nace del hecho de que el primer
orgasmo femenino es sólo un comienzo, mientras que la eyaculación
termina con la erección masculina e interrumpe la experiencia:
sólo el control eyaculatorio restablece el equilibrio, por lo
demás benéfico para ambos.
En el animal el contacto sexual
está limitado a los órganos genitales, por otra parte, el pelaje
aislante impide un contacto íntimo directo. En nosotros, toda
la piel, antena cósmica de millones de receptores sensibles (según
lo gnosticos y expertos en este asunto), se ofrece a las caricias
y permite intercambios táctiles en la mayor parte del cuerpo.
Todas estas diferencias exclusivas
confirman que nuestra especie, y sobre todo la mujer, está concebida
para el sexo y el erotismo como ningun otro ser sobre el planeta.
El ser humano es fundamentalmente
un ser sexual, el único capaz de dar al acto sexual otras dimensiones
que la procreación pura y simple.
Algo de erotismo
El Tantra lo ha comprendido
desde hace miles de años. Incluso en el nivel hedonista y secular,
el erotismo indio (hindú es una religión de la India), concentró
siepre su atención en el estado íntimo de la posesión erótica.
Las largas secuencias de caricias
y posturas que se recomiendan en el Kamasutra, el Anangaranga
y otros manuales, tenían por objeto crear un estado de prolongado
saboreo o deleite; en ninguno de los dos textos aquí citados se
trata el orgasmo como un desahogo necesario, ni siquiera como
el objetivo principal, sino, simplemente, se le da por supuesto.
En los niveles más altos del
erotismo indio (gentilicio de la India) el orgasmo se vuelve puramente
una puntuación, un incentivo del estado de continuo e intenso
esplendor físico y emocional que los amantes consiguen evocarse
mutuamente.
El sexo no se considera una sensación,
sino un sentimiento; la atracción no es un apetito, sino un “contacto
de ojos”; en amor no es una reacción, sino una creación cuidadosamente
fomentada.
Su sentido es un prolongado éxtasis
mental y corporal, cuyos fuegos se mantienen vivos continuamente
por medio de un compromiso y un estímulo prolongado de los órganos
sexuales, y no por el mero alivio recíproco. Las posturas y las
contracciones internas que tienen lugar en el trascurso de la
unión tántrica actúan sobre esta base india de amor sexual.
Pero la condición especial de
esplendor interior que provocan, sólo aparece cuando el foco erótico
pasa, de la personificación exterior y sensorial del deseo, a
la Diosa interior de la que todas las mujeres exteriores son simples
paradigmas. La mujer y el hombre, entonces, son claves del deleite
recíproco.
Esto no significa que el uno
pierda valor a los ojos del otro, sino, más bien, lo contrario,
porque cada uno de ellos se vuelve Dios para el otro, y, además,
los ritos y los mantras que acompañan el acto sexual llevan también
cargas de energía acumulada, derivadas de prácticas, estudio y
costumbres anteriores, realzando la actividad sexual con su propia
fuerza.
Sonrían los machos, pues en el
ser humano la hormona erótica es: ¡es
la testosterona!
Es verdad, el hombre y la mujer
fabrican ambos a la vez hormonas masculinas y femeninas, aunque
él produzca diez veces más testosterona que ella, y diez veces
menos estrógenos. Para ella es a la inversa, pero recordemos,
sólo la hormona masculina erotiza a la mujer.
En la naturaleza, la mujer es,
pues, el único caso de disociación hormonal casi total entre el
eros y la procreación: mientras que la reproducción corresponde
a los ovarios, que secretan las hormonas femeninas, las glándulas
suprarrenales son las que destilan la poca cantidad de hormona
masculina necesaria para excitar el centro del deseo, en alguna
parte del cerebro femenino.
|